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EL SUELDO DE DIÓGENES concluye su fase de blog para muy pronto convertirse en libro. De su aparición en el mercado editorial os mantendré informados a través de CAPITACLISMO, mi nuevo blog, donde voy a tratar de analizar, siempre desde un punto de vista contraeconómico, la peliaguda coyuntura económica global.

Se agrava la Gran Crisis. Los capitales enloquecen y buscan desesperadamente inversiones-refugio generando el caos y la volatilidad en los mercados internacionales. Los analistas bursátiles se temen lo peor mientras las instituciones financieras están lejos de sanear sus activos. Wall Street tiembla y Main Street se tambalea. Si a esto añadimos que los recortes en gastos sociales no han hecho más que empezar y que ni el paro ni los salarios tienen pinta de mejorar, mucho me temo que lo que se avecina es un vertiginoso capitaclismo que se transformará en movilizaciones sociales cada día más violentas.

Por eso es importante la contraeconomía. Porque del mismo modo que sin la contracultura es imposible comprender la cultura, sin la contraeconomía es imposible comprender la economía. La ortodoxia sin heterodoxia es el origen de los fundamentalismos y en estos tiempos que corren me parece fundamental deconstruir la ciencia económica, peligrosamente abducida por el radicalismo economicista que inclina a la sociedad a priorizar el ánimo de lucro sobre el Estado del Bienestar.

La economía clásica tiene que ser definitivamente desmontada desde su origen pues está llena de falsedades, siendo la más notoria de todas ellas el mito de la concordancia entre interés privado e interés público. Este principio se cae por su propio peso porque cuando todos los empresarios se dedican a reducir costes laborales con objeto de incrementar sus beneficios lo que surge finalmente es una empobrecida masa de trabajadores con escaso poder adquisitivo y un mercado mermado por la insuficiente demanda efectiva.

La cultura del esfuerzo y la ética del trabajo están por otra parte siendo descaradamente puestas al servicio de la explotación capitalista del trabajador y lamentablemente a la ciencia económica no le preocupan las vigentes condiciones de precariedad impuestas a los asalariados ni la verdadera y libre creatividad de los ciudadanos. Por eso las empresas continúan deslocalizando empleos y abaratando el precio del trabajo sin que nadie haga nada para evitarlo.

La supuesta armonía que produce el libre mercado lo que en realidad genera es un teatro de injusticias y desigualdades, de valores y precios adulterados, de especulación inmoral y enloquecida.

Pero la economía ortodoxa tiene un problema todavía más grave que solo resolverá a través de la lógica contraeconómica. Es el problema de ignorar que “superávit” no equivale siempre a virtud ni “déficit” a vicio como tampoco “crecimiento” y “ahorro” equivalen inexorablemente a progreso y prosperidad.

A todos los que me habéis seguido en este blog, muchísimas gracias, amigos, y nos vemos en CAPITACLISMO.

 

capitaclismo.com

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El sueldo de DiógenesEl gobierno de Zapatero ha permitido las bodas entre personas del mismo sexo al tiempo que ha prohibido fumar en lugares públicos. No puede calificarse por tanto de prohibicionista ni tampoco de permisivo. Es prohibicionista para ciertas cosas y permisivo para otras. Como todos los gobiernos. Gobernar significa prohibir y permitir y cuando alguien se autodenomina “liberal” habría que preguntarle: ¿en relación a qué? Porque ser “liberal”, sin más, es absurdo. A mí me encanta la libertad pero tengo muy claro que depende siempre de un contexto determinado y ante los desmanes de la mano invisible de la economía me parece muy necesaria la mano dura de la política.

Los mercados desregulados funcionan, en cierto modo, como los mercados de la droga, en los cuales el consumidor acaba comprando cocaína o heroína o marihuana adulteradas. Guiados por el ánimo de lucro, los comisionistas que intervienen en los mercados de la droga adulteran la mercancía y distorsionan su precio en relación a su valor. Exactamente lo mismo pasa en los mercados financieros. Retirado el Estado de su función reguladora, los comisionistas terminan falsificando el verdadero valor de los activos con los que especulan. En cuanto a las reformas laborales calificadas de “liberales”, lo son para los empresarios, ¿pero lo son para los trabajadores? Lo mismo pasa con las reformas financieras. Son “liberales”, claro que sí, para los bancos y otras compañías de inversión, ¿pero lo son para los ciudadanos?

Cuando los estados no limitan la libertad de las corporaciones, las uniones mercantiles transnacionales, como la Unión Europea, terminan siendo controladas por mafias financieras. De ahí que la única libertad social posible a nivel macroeconómico surja del equilibrio entre política y economía, o lo que es lo mismo, entre Estado y Mercado. Según el liberalismo económico, el Estado no debe de intervenir en la formación espontánea de los precios resultantes del cruce de las curvas de la oferta y la demanda pero el interés del comerciante es maximizar su lucro e incluso en caso de ser un individuo honesto está obligado a ampliar su cuota de mercado y reducir el de la competencia. De este modo, el capitalismo desregulado se convierte en puro darwinismo social, con el pez gordo devorando al chico y un tejido industrial subyugado por monopolios u oligopolios que desvirtúan la democracia pues una vez adquirido cierto nivel de poder financiero, las grandes entidades capitalistas no tienen problemas para extender su dominio por toda la sociedad, comprando, si es necesario, favores políticos, judiciales o periodísticos.

El liberalismo económico no solo degenera en distorsión de precios, adulteración de mercancías, competencia desleal, desprecio de los principios democráticos y burla a los Derechos Humanos. Es que además implica a la larga el caos y la disfunción del capitalismo. Ya no es ésta una idea minoritaria y contracultural. Todos sabemos a estas alturas que el neoliberalismo tiende a la catástrofe y que la Unión Europea ha fracasado. En realidad nació desequilibrada. Se suponía que entrar en la Zona Euro garantizaba a todos sus países miembros la posibilidad de converger en niveles nacionales de productividad, riqueza y consumo. Sin embargo existe demasiada asimetría de mercado para tan poca armonía política y fiscal y ante la ausencia de un Estado fuerte, los mercados de bonos soberanos se han convertido en un tramposo casino orquestado por las agencias de calificación del riesgo, agencias que deciden los precios de los productos financieros cuando sus accionistas son también los dueños de los hedge-funds y otras compañías especializadas en inversiones de alto riesgo.

El libre comercio, por otra parte, no antepone los Derechos Humanos sobre los intereses económicos y en consecuencia la globalización neoliberal tiende a empobrecer a las clases trabajadoras de todo el mundo. Reducida la protección social y la capacidad de negociación laboral, los agentes más débiles de la economía acaban siendo explotados por parte de los agentes más poderosos. De modo que como explicó John Kenneth Galbraith, para que el capitalismo sea un sistema saludable, el poder del sector público debe compensar el poder del sector privado. Es la única manera de que la sociedad no termine siendo gobernada por los mercados.

El liberalismo económico solo se preocupa de la libertad de las clases dominantes y el libre comercio siempre se ha aplicado de forma ventajista, o sea después de establecidos ciertos intereses de clase. Si echamos un vistazo a la Historia comprobamos que todas las grandes naciones fueron proteccionistas con sus industrias. Una vez que lograron prevalecer en los mercados internacionales, entonces fue cuando las grandes naciones instaron a las pequeñas a convertirse a los principios del libre mercado. Por eso cuando el Fondo Monetario Internacional recomienda a países con problemas económicos eliminar cualquier restricción a la movilidad internacional de bienes y capitales, así como privatizar sus servicios públicos y desregular los mercados laborales en nombre de la libertad económica, quienes siempre salen beneficiados no son tanto los países afectados como las multinacionales. Cada día que pasa es más evidente la necesidad imperiosa de un cambio drástico en el manejo de la macroeconomía a nivel global porque como dice Michael Lind:

El capitalismo social de mercado civilizado y el libre comercio global sin restricciones son inherentemente incompatibles.

Philippe Van Parijs cree que una vez que todos los ciudadanos tengamos un mínimo económico garantizado, conoceremos la “libertad verdadera”. Estoy completamente de acuerdo con Van Parijs en el fondo de la idea pero no me gusta el término “libertad verdadera” porque creo que la libertad verdaderamente universal y absoluta no existe. Como la pereza, es una prerrogativa que solo funciona en función a una variable dada. “La libertad del lobo es la muerte del cordero”, escribió Isiah Berlin, y hay en la actualidad demasiadas libertades que representan un grave daño para la sociedad, como la libertad para apropiarse de los bienes públicos o para monopolizar mercados o para sobornar gobiernos corruptos o para ocultar inversiones fraudulentas o para lavar dinero negro o para desalojar a los habitantes originarios en nombre del derecho de propiedad o para especular con productos financieros tóxicos o para contaminar la capa de ozono y los mares o los ríos. No hay otra solución posible a esta larga y terrible crisis que derribar los falsos dioses del liberalismo económico y tomar el camino del “proteccionismo” y  el “prohibicionismo”, palabras que deberíamos escribir siempre con comillas, al igual que “libertad”, “liberal”, “libertario” y “libertino”.

De la misma forma que los dictadores a veces son juzgados en tribunales internacionales, también han de ser juzgados en tribunales internacionales los empresarios que explotan a los trabajadores en países que no respetan los Derechos Humanos o los especuladores que adulteran el verdadero valor de los activos financieros. Además, todo aquel que no tribute a la sociedad lo que por ley le corresponde debería ser castigado con la pérdida de su ciudadanía. Yo para muchas cosas soy un “liberticida” y exijo por ejemplo mano dura para prohibir los paraísos fiscales y la especulación financiera y para limpiar los mercados de productos facturados por camellos y comisionistas fraudulentos o por explotadores de la Humanidad y del Medio Ambiente.

Ante la ausencia de líderes políticos capaces de cambiar el rumbo errático y erróneo del capitalismo, nuevas revoluciones están por llegar porque la gente se ha empezado a dar cuenta del engaño que hay alrededor de la libertad de mercado. Hasta lo reconoce Percy Barnevik, director ejecutivo de la compañía de ingeniería eléctrica ABB (Asea Brown Boveri), multinacional que opera en más de cien países:

Yo definiría la mundialización como la libertad para mi grupo de invertir donde quiere, en el momento que quiere, para producir lo que quiere, aprovisionándose y vendiendo donde quiere, teniendo que soportar el mínimo de obligaciones en materia de derecho laboral y de convenios sociales.

El sueldo de Diógenes

Riesgo de impago

Riesgo económicoLa gestión del riesgo es un elemento fundamental en el negocio de la banca y es evidente que a nadie en su sano juicio se le ocurre prestar dinero a quien tiene serias posibilidades de incurrir en impago. Sin embargo, hasta antes del estallido de la crisis, los bancos americanos parecían estar encantados concediendo préstamos hipotecarios subprime o “nina loans” a los llamados “ninja” (“no income, no, job, no assets”) o sea a personas sin ingresos, ni trabajo ni patrimonio. Los economistas liberales en Estados Unidos han echado la culpa de la irresponsabilidad con la que se concedieron créditos de alto riesgo a la Community Reinveestment Act, una ley promulgada en 1977 por Jimmy Carter que instaba a los bancos a incrementar los préstamos a las personas de bajos recursos, así como a la alegre gestión pública de Fannie Mae y Freddie Mac, instituciones financieras auspiciadas por el gobierno federal que llevaron a cabo políticas de créditos baratos a pequeños empresarios y trabajadores autónomos. Pero los economistas liberales ya sabemos que tienden a obviar aquellos elementos de la realidad que están en contradicción con sus intereses y prejuicios ideológicos.

Los bancos prestan dinero a las personas, las empresas o los estados bajo la condición de que se lo devuelvan con intereses o con la dación de su patrimonio si es que incurren en insolvencia. Pero los bancos no solo conceden préstamos sino que además se dedican a invertir en los mercados financieros. En medio de la crisis de 1929, el procurador Ferdinand Pecora, miembro de la Comisión de Asuntos Monetarios y Financieros del Senado de los Estados Unidos, tras varios meses de interrogaciones a banqueros e inversionistas de Wall Street, destapó la oculta trama de cientos de derivados de créditos basura vendidos a inversores internacionales que desconocían la toxicidad de tales productos. Durante la Gran Depresión, las investigaciones de F. Pecora dejaron en evidencia las peligrosos prácticas de algunas instituciones financieras e inclinaron al presidente Franklin D. Roosevelt a promulgar en 1933 la ley Glass-Steagall o Banking Act, que a partir de entonces prohibió a la banca de depósitos meterse en el terreno de la banca de inversión.

La contrarreforma neoliberal, que no ha dejado de crecer desde los años 70 y sigue haciéndolo a costa de estar llevando a las sociedades capitalistas al borde del precipicio, consiguió que Bill Clinton promulgara en 1999 la Gramm-Leach-Billey Act, también conocida como la Financial Services Modernization Act.  A partir de entonces, la banca ha tenido de nuevo vía libre para especular en los mercados financieros con el dinero de los depositantes. Nada más aprobarse esta ley, el banco comercial Citicorp se fusionó con la compañía de seguros Travelers Group, formando un conglomerado capaz de combinar el negocio de la banca tradicional con la inversión de alto riesgo y con los seguros sobre posibilidades de impago. Seguramente no es casualidad que el auge de los credit-default-swaps (permutas de riesgo) y otros productos financieros derivados del crédito, así como el de los hedge-funds (fondos de inversión especializados en coberturas de alto riesgo) haya coincidido con la creciente desregulación del sector.

Las aseguradoras, como las instituciones bancarias, tienen clientes potencialmente rentables y clientes potencialmente no rentables. Una buena gestión del riesgo económico, en ambos casos, pasa por maximizar el número de clientes potencialmente rentables y cobrar altas primas o intereses a los clientes potencialmente no rentables. Pero cuando la banca de depósitos compadrea con el negocio de los seguros, el riesgo económico se convierte en una mercancía que trocear, empaquetar y vender en los mercados, y así es como la pirámide de las hipotecas subprime unida a la burbuja de los seguros de impago ha terminado transformándose en una terrible espiral de activos tóxicos esparcidos por todo el sistema financiero internacional. Según ha confirmado la comisión del Senado norteamericano que está investigando la crisis financiera, los bancos de depósito de los Estados Unidos estimulaban a sus clientes para que pidieran créditos de alto riesgo y de ese modo facilitar la expansión de la industria de los seguros sobre riesgo de impagos.

Como los seguros crean riqueza ficticia fácil de multiplicar sin necesidad de estar respaldada por valores sólidos, el sistema monetario finalmente se desvincula de sus activos reales ante la complacencia de las agencias de calificación del riesgo, que en ningún momento advirtieron del grave peligro de la situación. Estas agencias daban por hecho que los bienes raíces iban a subir de precio eternamente. Se equivocaron. También daban por hecho que el riesgo globalmente diversificado estaba resguardado por la ley de los grandes números. También se equivocaron. Richard Blumenthal, fiscal general del estado de Connecticut, acaba de anunciar una demanda contra Moody’s y Standard & Poor porque “sus calificaciones de productos financieros estructurados estaban corrompidas por su deseo de ganar lucrativas retribuciones”. En España hay otra demanda presentada por un grupo de abogados ante la Audiencia Nacional contra estas mismas compañías. Sospechan que las agencias de calificación han estado jugando a dos bandas entre otras razones porque sus principales accionistas son al mismo tiempo los accionistas de algunos de los fondos de inversión que más interesados están en especular con el riesgo de los bonos soberanos.

Cuando la burbuja inmobiliaria estaba a punto de pinchar, algunos tenedores de seguros sobre impagos empezaron a vender derivados en los mercados internacionales. Al parecer, algunos altos ejecutivos de los bancos y de las agencias de calificación de riesgo estaban al tanto de la proximidad del estallido. No dijeron nada. Finalmente, en 2006, empezaron a liquidar en masa el stock de activos derivados de los préstamos subprime. Quienes tenían información privilegiada, además de desprenderse de los credit-default-swaps y de otros activos derivados de créditos basura o de seguros de impago, aprovecharon para hacer apuestas en corto sobre la posibilidad de que aparecieran agujeros de diferente índole en el sistema. Por otra demanda civil que la Comisión del Mercado de Valores de los Estados Unidos presentó en 2010 contra Goldman Sachs, sabemos que este banco de inversión se dedicó a apostar a la baja contra los mismos productos financieros que anteriormente colocaba a sus clientes. Los senadores norteamericanos miembros de la comisión que ha estudiado la crisis de las hipotecas subprime han tenido acceso a mensajes que se cruzaban algunos directivos de Goldman Sachs en los que alardeaban de la cantidad de dinero que iban a ganar mediante diferentes estrategias de especulación a dos bandas. Lejos de ser inculpado, Lloyd Blankfein, director ejecutivo de la compañía, logró que Goldman Sachs fuera uno de los bancos más beneficiados por el Troubled Asset Relief Program (TARP), programa de ayudas a la banca firmado por George Bush en 2008.

El mismo día en que quebró Lehman Brothers, se desplomó en el mercado de valores el gigante American International Group, Inc. (AIG), líder mundial de seguros comerciales e industriales, con una red de franquicias extendida por más de 130 países. Tras perder el 92 por ciento de su valor en bolsa, la Reserva Federal de los Estados Unidos se vio obligada a nacionalizar AIG el 17 de septiembre de 2008, evitando teóricamente que su derrumbe arrastrara a todo el sistema financiero mundial. Así que finalmente las mismas compañías que habían estado especulando con los seguros sobre posibilidades de impago de los ciudadanos cobraron una millonaria póliza de seguro procedente del dinero de los contribuyentes que nunca nadie firmó ni contrató. Aún está por escribirse la historia definitiva de esta extraordinaria crisis del capitalismo financiero pero una de las personas que más información tiene hasta la fecha del asunto es Carl Levin, presidente del Comité Permanente de Investigaciones Económicas del Senado de los Estados Unidos. He aquí su conclusión:

Los bancos de inversión como Goldman Sachs eran los primeros interesados en promocionar el riesgo y complicar las estructuras financieras que alimentaron la crisis.

Goldman Sachs también colaboró a trampear los presupuestos de Grecia en connivencia con sus autoridades públicas, apostando al mismo tiempo sobre la posibilidad de una crisis de deuda en este país. Lejos también de ser inculpado, Mario Draghi, vicepresidente europeo de Goldman Sachs durante los años más sospechosamente fraudulentos de la compañía, acaba de ser nombrado sucesor de Jean Claude Trichet al frente del Banco Central Europeo, institución que viene dedicándose a facilitar créditos baratos a la banca privada para que la banca privada obtenga pingües beneficios especulando con las deudas soberanas.

Nadie va a negar que lo mismo Grecia que España o Portugal tienen serios problemas de deuda presupuestaria y gasto público. ¿Pero por qué no se investiga a fondo la responsabilidad de las instituciones financieras en la crisis de deuda? ¿Y por qué no se establece una reforma financiera que prohíba la especulación con seguros sobre impagos?  Tampoco nadie va a negar que las leyes están para ser respetadas y que los ciudadanos tienen la obligación de cumplir con sus responsabilidades civiles. ¿Pero por qué precisamente los bancos, que tanto interés económico tenían en conceder créditos, han recibido ayudas de los gobiernos cuando han tenido problemas, mientras que los ciudadanos desahuciados de sus viviendas por las ejecuciones hipotecarias apenas reciben el apoyo popular de los indignados?

Riesgo económico

Protección social

El sueldo de DiógenesEn 1932, los líderes, ideólogos y periodistas afines al Partido Republicano trataban de convencer a la población norteamericana de que la Gran Depresión estaba perfectamente controlada y de que muy pronto los Estados Unidos saldrían de aquella terrible crisis, la peor de su historia, consiguiente al crack bursátil de 1929, crisis que apenas tres años después arrojaba tasas de paro cercanas al 25 por ciento de la población potencialmente activa. El candidato a la Casa Blanca por el Partido Demócrata era Franklin Delano Roosevelt, gobernador del Estado de Nueva York. Sus planes se alejaban radicalmente de los de Herbert Hoover, quien tras ser elegido presidente de los Estados Unidos en 1928, se había dedicado a realizar políticas similares a las neoliberales que hoy predominan en casi todo el mundo. En un discurso pronunciado el 2 de julio de 1932, Roosevelt habló por primera vez de la necesidad de superar los supuestos de la economía clásica con objeto de crear “un nuevo trato para el pueblo estadounidense”. Una vez ganadas las elecciones, el New Deal de Roosevelt pondría a disposición de los ciudadanos numerosas agencias gubernamentales destinadas principalmente a dotar de protección social a las capas más pobres de la sociedad. Los parados, los jubilados, los minusválidos, las clases obreras, los pequeños empresarios y los agricultores más humildes fueron los grandes beneficiarios de las políticas de Roosevelt.

FDR realizó importantes inversiones incurriendo en el aumento de la deuda y elevando los impuestos progresivos a las rentas y plusvalías más altas. Le acusaron de ser un despilfarrador de dinero público y un peligroso socialista redistribuidor de rentas pero lo cierto es que su célebre New Deal permitió no solo el acceso de la pequeña y mediana empresa a los recursos financieros sino la contratación de millones de desempleados que pronto pasaron a trabajar en grandes obras de infraestructura y repoblación forestal y también en el campo de la enseñanza, las artes o la cultura. En todos los Estados Unidos se construyeron parques públicos, bibliotecas públicas o escuelas públicas, así como presas, puentes, y carreteras. En 1938, más de tres millones de parados trabajaban para el Works Progress Administration, programa gubernamental de creación de empleo encuadrado dentro del New Deal. Hacia 1943, el número de personas empleadas gracias al WPA rondaba ya la cifra de ocho millones. Además, al abrigo del New Deal nació el Social Security System, que sentó las bases del Estado del Bienestar americano. A partir de entonces, todas las personas mayores de 65 años, así como los minusválidos, tienen garantizada una pensión mínima, del mismo modo que los parados tienen derecho a percibir un subsidio temporal.

Los sindicatos querían que Roosevelt prohibiera las jornadas laborales que excedieran las ocho horas diarias y que estableciera el salario mínimo, además de garantizar la plena libertad de todos los trabajadores para sindicarse, libertad hasta entonces muy limitada. En una de las reuniones con Sidney Hillman y otros líderes sindicales, Roosevelt les dijo: “I agree with you, I want to do it, now make me do it.” O sea “estoy de acuerdo con vosotros, quiero hacerlo, pero obligadme a hacerlo”. El presidente era consciente de que para solucionar los grandes desequilibrios en el reparto de la riqueza generados por el capitalismo salvaje y desregulado era necesario dotar de mayor capacidad de negociación a los trabajadores, contrarrestando así el poder abusivo de los empresarios. Pero el “make me do it” de Roosevelt a los trabajadores demuestra que los políticos, para llevar a cabo reformas favorables a las capas más pobres de la sociedad, necesitan sentir en el cogote la presión de los movimientos y las manifestaciones ciudadanas.

Gracias a las huelgas y a las protestas que llevaron a cabo los trabajadores en un buen número de fábricas norteamericanas durante 1934, Roosevelt sacó adelante en 1935 la Labor Relations Act, también conocida como Wagner Act,  que venía a prohibir tajantemente a los empresarios adoptar represalias contra un trabajador por el hecho de pertenecer a un sindicato. Los índices de sindicalización se dispararon a raíz de aquella ley, lo cual dio paso a una nueva era de relaciones mucho más equilibradas entre obreros y patronales. Roosevelt consumó sus políticas de protección laboral en 1938 mediante la Fair Labor Standards Act, también conocida como la Wages and Hours Bill, que estableció un salario mínimo y el pago de cada hora extraordinaria por una hora y media de trabajo normal. Además, el New Deal sirvió de marco para la creación del Consumers Advisory Board, departamento encargado de recoger las quejas de los consumidores contra los precios abusivos, así como de la Securities and Exchange Commission, de donde surgió la Glass-Steagall Act o Banking Act, que metió en vereda a los banqueros y puso fin a la especulación desregulada de los años veinte. Muchos de sus detractores le acusaron de atentar contra el derecho a la propiedad privada así como de poner en peligro las libertades básicas del sistema americano de mercado. Roosevelt les contestó afirmando que cuando más amenazada se encuentra la libertad individual, así como el propio derecho a la propiedad privada, es justamente en ausencia de políticas de protección social.

A estas alturas nadie debería poner en duda dos hechos absolutamente confirmados por cualquier observador objetivo de la historia socioeconómica: que las políticas de protección social son siempre socialistas por definición pues suponen una redistribución de rentas, y que su puesta en marcha permite a los países capitalistas disfrutar de cohesión, confianza y justicia social, así como de prosperidad compartida por la mayoría de los ciudadanos. Como acertó a ver Roosevelt, el capitalismo está condenado a sufrir gravísimos problemas de orden público si carece de un buen sistema de protección social. Es verdad, nadie puede negarlo, que la gestión de tal protección no está exenta de burocracias infladas y fraudulentas. Pero en su abandono, el capitalismo se convierte en un sistema mafioso y depredador ante el cual la gente termina, por las buenas o por las malas, rebelándose. Y si estos días en Grecia o España la gente se ha echado a la calle reclamando justicia y gritando basta y si tantas veces en tantas partes han estallado revoluciones populares es porque el capitalismo sin protección social degenera en explotación, y a largo plazo en totalitarismo. 

Es un objetivo liberal plausible el adelgazamiento administrativo del Estado, la eliminación de trámites burocráticos, el destierro de fraudes políticos y tráficos de influencias o la liberalización de horarios comerciales. Pero si las sociedades capitalistas han podido disfrutar de paz y estabilidad es gracias al control riguroso de los abusos empresariales y bancarios, así como al establecimiento del Estado del Bienestar y a las conquistas laborales, de modo que quienes tiran piedras contra la socialdemocracia deberían darse cuenta de que a la larga están tirando piedras contra el propio capitalismo, pues sin políticas de protección social y laboral lo normal es que las desigualdades crezcan y con ellas crezca a su vez el malestar obrero, la conciencia revolucionaria y el resentimiento ciudadano contra el libre mercado e incluso contra la propiedad privada.

Sin protección social, los que no tienen nada están en todo su derecho a despreciar el derecho a la propiedad privada y por eso el capitalismo salvaje siempre termina llamando al retorno de las revoluciones comunistas. El neoliberalismo no acepta debate alguno acerca del derecho a la propiedad privada y el consiguiente Estado policial y judicial necesario para garantizar tal derecho, mientras al mismo tiempo promueve la precariedad y la inseguridad social a través de una guerra constante contra los derechos laborales y contra el Estado del Bienestar. Pero la gente, afortunadamente, no lo va a permitir, pues sin perspectivas sólidas, como ha explicado Zygmunt Bauman, lo que de inmediato aflora es el “miedo líquido”. El ser humano se diferencia de los animales por su capacidad e inteligencia para crear instituciones que nos permitan llevar una existencia más amable y segura, pero lo malo de los tiempos en que vivimos es que la propiedad privada ha alcanzado rango de institución sólida mientras la protección social evoluciona hacia un estado cada día más líquido. 

Todas las medidas anticrisis que de momento se están tomando en casi todas partes representan un frontal ataque contra la protección social y laboral y por eso el movimiento del 15-M es fundamental para cambiar el sistema. Los indignados van a seguir ejerciendo una saludable y muy necesaria presión pues como bien dice Juan Carlos Escudier en este magnífico “Manifiesto a favor de los indignados y de la democracia”, “si algo sobra a sus demandas es sentido común”.

En algunos medios les llaman despectivamente piojosos y perroflautas, pero gracias a sus acampadas y concentraciones tal vez pronto asome por el horizonte algún Roosevelt que inspirado por tan justas propuestas ciudadanas sea capaz de plantar cara a los poderes económicos, de modo que si la propiedad privada es sagrada, también tiene que ser sagrada la protección social, pues estando el Estado obligado a proteger a quienes han acumulado riquezas también debería estarlo para proteger a quienes apenas tienen unas manos que vender en el mercado laboral. Y del mismo modo que quienes se apropian de lo que no es suyo han de ser juzgados y condenados, también deberían serlo aquellos que imponen condiciones laborales precarias y distorsionan precios de activos y valores con objeto de enriquecerse de forma amoral y antisocial.

El sueldo de Diógenes

Creación plena

El sueldo de DiógenesSiguiendo las directrices de la economía ortodoxa que defienden el Fondo Monetario Internacional o la Unión Europea y el partido oficial de derechas como el de izquierdas, debemos suponer que los mercados tienden a crear no solo precios de equilibrio sino una especie de orden espontáneo maravilloso. De la natural interacción comercial que producen las expectativas racionales de los ciudadanos surge entonces el postulado que niega la existencia del desempleo involuntario. Teóricamente, si el trabajador se adapta a las demandas del mercado laboral no tiene porqué estar en paro. Pero adaptarse al mercado laboral puede implicar no solo la aceptación de condiciones salariales miserables sino la sumisión intelectual a los criterios de quienes dominan los medios productivos. Bajo tales condiciones es difícil que los ciudadanos demos lo mejor de nosotros mismos o incluso que podamos siquiera satisfacer los verdaderos deseos de la demanda.

La plena y libre creación ciudadana está cercenada por las exigencias de lucro de las empresas al tiempo que degradada por los propios mecanismos corporativos de funcionamiento interno, tal cual demuestra Internet en el sector de la información. A estas alturas todos sabemos que las empresas de comunicación están haciendo llegar a sus clientes una oferta periodística muy pobre en relación a lo deseado por la demanda y en comparación con el dinamismo y la autenticidad del periodismo ciudadano. La sociedad industrial, abducida por los postulados de la economía ortodoxa, ha caído además en el error de considerar que todo trabajo asalariado es útil para un país por el simple hecho de colaborar a su crecimiento económico cuando dentro de las actividades económicas que incrementan el PIB hay muchísima productividad tóxica o superflua. Por contra hay actividades no remuneradas que sin embargo tienen un importante valor social.

La cantidad de utilidad sin valor de cambio que producen espontáneamente los internautas en el sector de la información corrobora la existencia de numerosos factores de creación de riqueza que van más allá del estímulo salarial. Según un informe de Naciones Unidas, el total del valor del trabajo no remunerado en los países capitalistas podría estimarse entre el 30 y el 50 % del PIB. Así pues, la creación de riqueza no está siendo debidamente cuantificada por la economía, que valora únicamente la utilidad de la ocupación con contraprestación crematística. Por eso separa ocio y trabajo como si fueran dos acciones humanas contrarias cuando no lo son.

El conocimiento que libremente circula por Internet escapa a la lógica del canje monetario y es generado por individuos cuyos esfuerzos no remunerados se sitúan al margen de las relaciones de mercado. Lo mismo pasa con los esfuerzos que hacen las madres y padres para proveer a sus hijos no solo de techo y comida sino también de educación, activo valiosísimo sin el cual ningún ciudadano podría estar en condiciones de resultar creativo. Por eso dice Katja Kipping, líder de Die Linke, partido alemán que ha incorporado la Renta Básica a su programa electoral:

La idea de que solo es útil para la sociedad quien se presta al trabajo asalariado es una idea dañina que debe ser superada.

Es fácil caer en la creencia de que la Renta Básica inclinaría a la gente a dormir o a colocarse todo el día. Sin embargo, con una renta mínima lo que cabe pensar es que podríamos erradicar el paro y extraer no menos sino más rendimiento creativo por parte de la ciudadanía al tiempo que sufrir menores problemas de productividad toxica. Para empezar, tanto la jubilación como el desempleo serían siempre voluntarios en la sociedad de la creación plena y el salario garantizado.

El pleno empleo es un imposible no solo por la globalización de la economía sino por la cantidad de tecnología de la que disponemos. Ni siquiera en situación de crecimiento constante –lo cual es en sí otro imposible- parece creíble que los mercados laborales globalizados puedan ya funcionar correctamente. Las empresas con capacidades transnacionales de contratación de mano de obra van a destruir empleo en el Primer Mundo para crear trabajo en los países que carecen de derechos laborales. A su vez, las pequeñas y medianas empresas que sobreviven a la fuerza expansiva de las multinacionales no pueden prosperar debidamente por las dificultades que tienen para encontrar financiación pero sobre todo por la falta de demanda interna que producen las altas tasas de desempleo unidas a la baja remuneración de los asalariados.

El objetivo del nuevo paradigma económico tendría que ser, en consecuencia, no tanto el pleno empleo como la creación plena, de modo que la maximización de la competitividad obligada dejara paso a la maximización de la satisfacción por lo que hacemos.

El capitalismo vigente incurre en despilfarro creativo al alienar al obrero de su obra y enemistarlo con el patrón. Escuchamos a menudo decir que el funcionariado público tiende a la indolencia productiva al no tener exigencias competitivas. Es verdad. Pero olvidamos que la gran mayoría de los trabajadores de las empresas privadas sufren de existencias laborales aún más alienadas, mecánicas, y artificiales, si cabe, que las de los funcionarios, como también olvidamos que el sistema imperante apenas utiliza una pequeña parte del verdadero potencial creativo de la gente.

El objetivo de una empresa privada es la maximización de la productividad y la ganancia pero no la creación de condiciones laborales satisfactorias ni el desarrollo como individuo del asalariado. Eso al final tiene unas consecuencias nefastas para las auténticas capacidades creativas de los ciudadanos, que quedan marginadas por las necesidades productivas de las empresas, cuando como dijo el bioeconomista Nicholas Georgescu-Roegen:

El verdadero producto del proceso económico es un flujo inmaterial: el placer de la vida.

“Son las empresas las que crean empleo”. Lo hemos escuchado miles de veces pero la verdad es que para emplearnos no necesitamos a las empresas pues todos los ciudadanos que están en el paro tienen habilidades y talentos ocultos y reprimidos por el mismo industrialismo anacrónico que obliga a la gente al ejercicio de rutinas embrutecedoras y repetitivas. La erradicación de la tristeza del trabajo asalariado pasa por valorar las actividades domésticas, metafísicas o artísticas, libres y espontáneas fuentes de riqueza hasta ahora marginadas por la economía oficial. La sociedad del libre desarrollo de la creatividad será la sociedad que supere el mito del crecimiento del PIB, índice que no tiene en cuenta ni el goce del trabajador ni el deterioro de la naturaleza, y como escribió el filósofo André Gorz:

Somos capaces de crear cantidades crecientes de riqueza con cantidades decrecientes de trabajo.

Lo que realmente destruye empleo y lo que permite crearlo no es que suban o bajen los salarios, no es que el mercado laboral sea más o menos flexible, no es que la economía crezca por encima del 2 % del PIB anual. Lo que realmente destruye empleo y lo que permite crearlo es que haya o no haya demanda suficiente para la producción de las empresas, y como la globalización neoliberal va a continuar fomentado la aparición de una masa de asalariados internacionales dispuestos a venderse por costes laborales irrisorios que lejos de ser prohibidos son promocionados bajo la excusa de la competitividad, y como encima de eso tenemos una crisis de sobreproducción sectorial pero bastante generalizada combinada a su vez con el incremento de las tasas de inactividad de los recursos humanos, habría que considerar seriamente lo que dice Horacio García Pacios en este artículo, o sea “abandonar el objetivo quimérico y disruptivo del pleno empleo para cambiarlo por el objetivo necesario del pleno abastecimiento básico para todos.”

El sueldo de Diógenes

Mayo del 11

El sueldo de DiógenesLos sesenta fueron años de literatura beatnik y rock and roll, de pop-art, hippismo, concienciación ecológica y liberación sexual, propuestas que confluyeron en el Mayo del 68, movimiento de rebeldía frente a las convenciones y anacronismos de una sociedad que aún estaba lejos de liberarse de los corsés del machismo, la homofobia, el racismo, la hipocresía y el puritanismo industrial y sexual. El legado de Mayo del 68 es el espíritu de la deconstrucción de los códigos convencionales de una timorata burguesía todavía secuestrada por la rancia ética patriarcal judeocristiana. Muchos somos los que ahora nos sentimos orgullosos de ser ciudadanos de nuestro tiempo y herederos directos de aquel alegre y magnífico espíritu contracultural de los sesenta.

El Mayo del 68 ha sido sin embargo duramente criticado desde la derecha por su identificación con el hedonismo, el nihilismo, el anarquismo, o el relativismo moral, y también, a veces, desde la izquierda, por tratarse de un movimiento de pensamiento débil y disperso que para mucha gente apenas pasó de ser un banal simulacro. Los famosos eslóganes del 68, desde “el pensamiento al poder” al “seamos realistas, pidamos lo imposible” muestran que efectivamente aquel movimiento no fue un ejemplo de consistencia doctrinal. Claro que no era eso lo que pretendía. El movimiento de Mayo del 68 nació con vocación lúdica y a pesar de su aparente trivialidad dejó como principal legado un sólido espíritu inconformista que caló intensamente en toda una generación necesitada de referencias con las que pudimos profundizar en la crítica de los dogmatismos y autoritarismos.

Los estudiantes del Mayo del 68 se unieron a grupos de obreros que en Francia venían protestando por la degradación de las condiciones laborales en muchas fábricas del país. Entre todos consiguieron poner en evidencia no solo la tendencia autoritaria del general De Gaulle sino la propia esencia de la sociedad de consumo. Se dijo de ellos que eran niños mimados, hijos de la abundancia y la sobreprotección que en realidad no conocían la miseria contra la que tuvieron que luchar sus padres. Pero la verdad es que tenían razones de sobra para sentirse indignados pues no estaban dispuestos a seguir formando parte de un mundo institucional que se negaba a darle el valor debido a las nuevas señas culturales de su generación.

Se acusa ahora desde algunos frentes al movimiento 15-M de ser ideológicamente insubstancial pero los espontáneos inquilinos de Sol están dando un ejemplo admirable simplemente por el hecho de acampar en una plaza pública con la idea de plantar cara a un sistema político a todas luces corrupto donde los dos partidos que se alternan en el gobierno no pretenden más que hacerse con el poder a toda costa sin proponer absolutamente nada nuevo u original que permita a la ciudadanía liberarse de la irracionalidad y avaricia de los poderes económicos.

Como el del 68, el Mayo del 11 cuestiona el orden social prevaleciente y sus valores establecidos así como la cobarde y utilitarista idea generalizada de que nada podemos hacer contra la sabiduría convencional del momento. Es un movimiento festivo e idealista que al igual que el del 68 presenta un panorama de propuestas caóticas y variopintas, como demuestran sus eslóganes. Muchas de las pancartas que estos días podemos leer en la Puerta del Sol son utópicas o ingenuas pero hay una magnífica y muy realista: “No es una crisis, es una estafa”. Es la pancarta que sin duda mejor define el movimiento y la situación que vivimos porque además de estar trabajando por sueldos ridículos a causa de la precarización del empleo o de haber pagado viviendas con precios inflados debido a la especulación sobre el suelo o sobre los productos financieros derivados del crédito, los ciudadanos españoles deben encima pagar el precio de la crisis a base de impuestos destinados a salvar los inmorales apaños de fondos de inversión transnacionales que encima tienen vía libre para pedir dinero prestado a los bancos centrales con intereses al uno por ciento y de inmediato comprar deuda pública al cinco.

La Gran Crisis es efectivamente una gran estafa porque finalmente la mano invisible de la economía no es tan invisible. Lleva un guante blanco. Es la mano de la rapiña y el timo. Dadas las circunstancias que presenta la situación económica, Mayo del 11 es el movimiento histórico que el 15 de mayo de 2011 se alza en protesta popular espontánea contra una democracia bipartidista que en realidad oculta una dictadura de los mercados, dictadura que a su vez está bendecida por instituciones financieras con libertad legal para dedicarse a la especulación de valores, o sea a la deformación de precios.

El movimiento 15-M debe darnos más coraje y decisión para exigir, sin excepciones, que los Derechos Humanos prevalezcan por encima de los intereses económicos, lo cual a su vez nos permitiría pedir lo que sea antes que un trabajo cualquiera.

Un trabajo cualquiera es una vergüenza porque lo pueden pagar con cacahuetes y por eso lo que hay que reclamar en realidad es más bien un trabajo que esté pagado bajo códigos de precio justo. Los mismos códigos sobre los cuales deberían regirse los bienes o los servicios en el mercado así como el dinero y sus tasas de interés o las acciones de las empresas y demás productos financieros.

Mayo del 11 es el espíritu de la rebelión pacífica y respetuosa contra las instituciones y autoridades económicas que han colaborado a crear la Gran Estafa, espíritu que podría y debería ayudar a la sociedad a liberarse de la sabiduría convencional de la economía clásica y liberal, sabiduría que solo defiende una clase de libertad, la libertad de los mercados para deformar el verdadero valor de los bienes inmobiliarios, las divisas, las acciones bursátiles, los productos crediticios, los derivados de productos crediticios, la deuda pública, la cultura, la energía, la salud, la educación, las jubilaciones, el canon de los derechos sobre la propiedad intelectual, o lo que es peor, el verdadero valor de los seres humanos en los mercados laborales.

El sueldo de Diógenes

Anarco-socialismo

El sueldo de DiógenesCuando un periodista llega a una redacción no tiene más remedio que obedecer las consignas de los editores que a su vez obedecen las consignas de los redactores jefes que a su vez obedecen las consignas de los directores que a su vez obedecen las consignas de los accionistas que a su vez obedecen las consignas de ciertas marcas patrocinadoras si no las consignas económicas o electorales de determinadas instituciones financieras o partidos políticos, formándose así una cadena interminable de subordinación donde todo el mundo tiene un jefe. Es muy difícil que un periodista profesional escape a convertirse en subalterno no solo de los intereses de lucro sino también de los intereses ideológicos de los propietarios de la empresa para la que trabaja. Hablo del periodismo porque es lo que mejor conozco pero en todos los sectores profesionales pasa más o menos lo mismo puesto que a fin de cuentas el capitalismo es un sistema de pleitesías.

Los economistas participan de ese mismo sistema como demuestra el documental “Inside Job” y por eso algunos tuvieron que redactar informes alabando el sistema financiero de Islandia u otorgando altas calificaciones a compañías que estaban a punto de caer en la bancarrota. Sabían que los activos de Lehman Brothers o AIG eran basura como sabían que el sistema financiero islandés era una gran estafa piramidal pero tenían que obedecer las consignas de las empresas y organismos para los que se prostituyen.

La falta de capacidad de los economistas para trabajar de forma independiente ha sido incluso mencionada por el propio Fondo Monetario Internacional como una de las razones de la crisis. Un documento oficial del FMI reconoce que sus expertos no querían molestar a sus superiores y por eso no acertaron a alertar de los peligros de la burbuja de productos financieros. El premio Nobel Joseph Stiglitz conoce a fondo las interioridades no solo del Fondo Monetario Internacional sino también del Banco Mundial. Según su propia experiencia, los economistas de ambos organismos, en caso de no obedecer a los criterios ideológicos dominantes, apenas tienen posibilidades de ascender.

Silvio Berlusconi es quien más lejos ha llegado a la hora de limpiar no solo su gobierno sino también su partido así como un buen número de medios de comunicación italianos de personas críticas hacia su poder, y la incompetencia política galopante que se expande como una plaga por todo el mundo capitalista tiende a acentuarse a medida que el funcionamiento interno de los partidos se va asemejando cada vez más al de las empresas, de tal modo que es cada vez más normal encontrar en todas partes cargos públicos cuyo éxito solo se explica en función al desempeño de pleitesías. De ahí que muchos de los mismos consejeros económicos que fielmente obedecieron las consignas de los lobbies y poderes fácticos financieros en la era Bush sigan ocupando hoy día los puestos más influyentes en la Administración Obama.

Sobre Obama se pregunta Paul Krugman: “¿Quién es ese tipo tímido y anodino que no parece representar a nadie?” Bueno, en realidad representa a muchísima gente. Representa a los millones de ciudadanos que en todo el mundo capitalista llevan toda su vida ejerciendo la diplomacia o el peloteo y otras artes relacionadas con la movilidad social ascendente.

La falta de agallas e ideas propias en el seno de las empresas e instituciones tiende a ser más evidente a medida que el sistema ofrece menos protección social. Sin salario mínimo, sin Estado del Bienestar, sin derecho a la negociación colectiva, sin huelgas o sindicatos, el capitalismo solo puede convertirse en un sistema de dominación/sumisión, donde el trabajador precario está cada día más expuesto a aceptar no solo cualquier condición laboral sino cualquier clase de orden de sus superiores. Por eso el anarco-capitalismo que defiende la derecha libertaria más extremista es lo mismo que el darwinismo social, o sea la ley del más fuerte, régimen retrógrado y reaccionario que solo alcanza a garantizar la libertad de los ricos mientras acentúa el vasallaje de la ciudadanía.

Sin Estado social, los más fuertes terminan comprando favores políticos y extendiendo su radio de influencia hasta el punto de falsear la democracia. Sin Estado social, los trabajadores no están en condiciones de ejercer ninguna clase de poder compensador ante el poder incontestable de sus patrones. Sin Estado social, el anarquismo es imposible porque “anarquismo” significa “sin jefe”.

El anarquismo no es una ideología política. Anarquista es la persona que no se inclina ante ninguna autoridad y que no acepta ningún principio como artículo de fe, pero no inclinarse ante ninguna autoridad y no aceptar ningún principio como artículo de fe no significa tomar partido concreto sobre la forma de gobierno de la polis. Por eso hay anarco-primitivistas, anarco-sindicalistas, anarco-comunistas, anarco-capitalistas o anarco-mutualistas que en realidad tienen muy poco que ver entre ellos. Dicho esto, me parece espléndida la siguiente cita de Shawn Wilbur extraída de su blog Libertarian Laberynth:

El socialismo es la batalla contra la usura; el anarquismo, la batalla contra la autoridad.

El problema principal del capitalismo no es la falta de productividad. No es la inflación. No es la deuda pública. El problema principal del capitalismo es el abuso de poder. Por eso la Renta Básica sería la mejor manera de garantizar la libertad de expresión y de pensamiento en las universidades o los medios de comunicación, en los partidos o las empresas, y de atenuar el servilismo que hoy día profesan la mayoría de los profesionales que trabajan para los intereses de sus jefes o patrocinadores. También sería la mejor manera de conseguir que la sociedad alcance su más profunda autonomía política, estética, sexual, moral e intelectual, evitando que la sabiduría convencional y la corrección política nos atenacen.

La degradación y la hipocresía a la que libremente se somete hoy día el ciudadano capitalista es resultado de la extorsión de la marginación y no solo degenera en corrupción sino también en bilis negra y ansiedad o violencia desplazada pues en el sometimiento se haya la simiente de muchos crímenes y patologías. La violencia de género ha de ser entendida no solo como resultado del orden patriarcal sino del orden capitalista y difícil será erradicarla mientras prevalezca la dominación de unos seres humanos sobre otros.

Todo grupo necesita liderazgo y jerarquía pero cuando el liderazgo y la jerarquía ahogan la capacidad intelectual autónoma del individuo sucede que la sociedad se transforma en una nefasta cadena de siervos utilitaristas.

El objetivo primordial del anarco-socialismo ha de ser proporcionar a todo ciudadano la posibilidad de no acatar órdenes de nadie con objeto de poner fin a los poderes abusivos. No es el anarquismo del caos ni el anarquismo de la violencia ni el anarquismo de la usura ni el anarquismo de la utopía ni el anarquismo del retorno a épocas primitivas. Es el anarquismo de decirle a cualquier jefe “preferiría no hacerlo”. Hemos logrado el fin del feudalismo, de la esclavitud, del totalitarismo religioso. Hemos logrado la equiparación de derechos de la mujer. Hemos acabado con la represión sexual. Estamos logrando el respeto de la identidad transexual y homosexual. Costó siglos. Pero aún queda pendiente acabar con la prostitución industrial, que no solo es la esclavitud más bochornosa y denigrante sino la razón por la cual seguimos padeciendo toda clase de abusos de poder.

El sueldo de Diógenes

El sueldo de DiógenesEl presidente de la Royal Society de Londres, Sir Joseph Banks, se mostró en 1807 opuesto a la implantación de la educación pública porque los ciudadanos “aprenderían a leer panfletos sediciosos, libros peligrosos y publicaciones contra la cristiandad, lo cual les haría insolentes ante sus superiores”. Pero la educación pública es necesaria para el buen funcionamiento del libre mercado, como dijo Adam Smith y reconocen todos los partidos políticos de ambos espectros ideológicos, lo cual viene a ser lo mismo que reconocer que el capitalismo necesita del socialismo para ser un sistema correcto.

El problema de la educación pública es el problema del interés privado. Mientras el interés privado es firme en su esencia, el interés público es sumamente difuso. Se puede socializar la educación de un pueblo en cuanto a su financiación pero no en cuanto a su ideario puesto que cada ciudadano tiene una opinión diferente acerca de cómo ha de ser el plan de estudio apropiado para sus hijos. La educación pública no puede contentar a todo el mundo teniendo en cuenta que la neutralidad educativa es una utopía, siendo imposible definir cuál es el interés ideológico de la mayoría.

La educación pública tendría que permitir a cada ciudadano elegir la clase de colegio en la que educar a sus hijos y por eso en Estados Unidos existe un fuerte movimiento financiado por la derecha cristiana para conseguir que el Estado ofrezca a la gente con menos recursos subvenciones o becas con las cuales los padres puedan elegir libremente el colegio de sus hijos. La derecha económica también desconfía de la escuela pública porque da por hecho que todo lo público es un estorbo.

Pero además de la derecha religiosa y económica también hay una izquierda recelosa del sistema capitalista de educación pública que en la antropología humana ha encontrado buenos puntos de apoyo. Según el antropólogo Marvin Harris, el sistema educativo público de los Estados Unidos encierra un aparato disimulado de propaganda y sermoneo mercantilista, de tal modo que asuntos como la concentración de la riqueza o la participación de los bancos y las inmobiliarias en la especulación del suelo urbano o el control de los medios de comunicación de masas jamás se estudian en los colegios. Marvin Harris mantiene que la educación capitalista enseña sobre todo a la gente a cargar con la culpa de su pobreza y a dirigir su resentimiento contra uno mismo “o contra aquellos con quienes debemos competir y que se encuentran en nuestro mismo peldaño de la escala de movilidad ascendente”.

Otro antropólogo, Jules Henry, se dedicó a estudiar a fondo el sistema educativo en Missouri y observó que incluso en las lecciones de ortografía y canto se instruye a los estudiantes en el aplauso ciego de las virtudes del capitalismo. J. Henry tiene una interesante teoría sobre el objetivo primordial de las escuelas públicas, no solo en Estados Unidos sino en todas las culturas capitalistas. Lo que principalmente aprenden los niños en los colegios de las sociedades industriales es el miedo a fracasar. J. Henry ilustra su teoría con un buen ejemplo: cuando el profesor saca a un alumno a la pizarra y no se sabe la lección, pregunta al resto de la clase: ¿Alguien lo sabe? Entonces aparece otro alumno que sí lo sabe, de tal modo que el que no lo sabe queda en evidencia y regresa al pupitre humillado. Y es que realmente lo importante no es tanto que aprendamos aritmética o geografía como que aprendamos subliminalmente “la pesadilla esencial” del capitalismo, o sea el miedo al fracaso.

El miedo al fracaso es el miedo al infierno terrenal de la sociedad económica, sucesor del infierno ultraterrenal de la sociedad religiosa. Es el miedo al la marginación y la pobreza que antes fue el miedo al placer y al vacío. Ésa es, sí, la pesadilla esencial que nos inculcan en las escuelas, públicas o privadas, con objeto de implantarnos en el cerebro el chip del empleado obediente.

El empleado obediente tiene todo el derecho del mundo a elegir la clase de educación que recibirán sus hijos. Yo no tengo hijos pero si los tuviera me gustaría que fueran educados, por encima de todo, como ciudadanos liberados de prejuicios y así entre otras cosas poder ellos elegir la educación que le darán a sus hijos de forma intelectualmente libre. Yo enseñaría a deconstruir la Religión, la Historia, la Psicología, la Política, la Ciencia, la Economía y todo aquello que lleve mayúsculas.  Yo enseñaría lo que enseñaba Georgias de Leontini, maestro de Retórica cuya principal satisfacción consistió en educar a sus alumnos para que fueran capaces de defender inteligentemente una tesis sobre una cuestión cualquiera y una vez convencidos sus interlocutores pasar inmediatamente a defender, de forma coherente y convincente, la tesis contraria.

Yo enseñaría también que la obligación de obedecer al padre o a Dios o al patrón o al general sin cuestionar su autoridad ha tenido consecuencias catastróficas para la civilización humana, como demostró el psicólogo Stanley Milgram con un interesante experimento de campo. La mayoría de los ciudadanos podemos convertirnos  fácilmente en monstruos salvajes como Eichmann, sanguinario militar nazi que no dudó en gasear judíos a petición de Hitler. Eichmann era un buen soldado. Estaba cumpliendo órdenes.

Yo enseñaría que la diversidad de ángulos y opiniones y dioses y antidioses y la tolerancia de las perspectivas infinitas del cosmos no significa legitimar el todo vale ni la disipación moral o la falta de respeto a la autoridad como tampoco supone la burla de la cultura del esfuerzo.

Yo enseñaría que reducir el mundo a la nada no es el caos sino evitar que nadie nunca más se atreva a pisotear la autonomía intelectual del individuo mediante el engaño y la trampa de los mitos y las fabulaciones.

Yo enseñaría que no es necesario “matar” al padre ni al sacerdote ni a Dios ni al economista ni al presidente de gobierno ni al jefe ni al gurú pero sí dejarles claro a todos ellos que no pueden obligarte a nada.

Pero eso no va a pasar porque eso lo llamaron “nihilismo” en la sociedad religiosa y ahora los ciudadanos educados en la sociedad económica están lejos de aceptar lo que ha dicho Gianni Vattimo:

El problema no es que nos estemos haciendo nihilistas. El problema es que aún somos muy poco nihilistas porque todavía no hemos aprendido a vivir realmente la experiencia de la disolución del ser.

El sueldo de Diógenes

 

El sueldo de DiógenesQuién sabe si la industria terapéutica o la de la prostitución sexual fue el primer negocio de la historia o el segundo o el tercero, pero sin duda lo que apareció con ellas es la publicidad a gran escala. La Iglesia católica disfrutó durante siglos de un abrumador monopolio del negocio de la curación de almas gracias al hábil uso de toda clase de técnicas publicitarias. Sus espectaculares catedrales y hermosas pinturas o esculturas estaban destinadas principalmente a persuadir fieles, de modo que el cristianismo destacó en el uso de estrategias de marketing así como en el establecimiento de think-tanks. Después de todo, la Iglesia no solo empleó durante la larga etapa de su supremacía política, cultural y económica a arquitectos, pintores y escultores, sino también a filósofos, escritores y profesores. De hecho, el Vaticano convirtió la filosofía en publisofía, utilizando, para vender su marca, no solo consignas y eslóganes sugerentes sino imágenes y textos subliminales.

El arte de la persuasión religiosa está emparentado con la sofística y la retórica y el arte de la persuasión capitalista lo está con el discurso publicitario. No habría ningún problema si lo que recibimos es información y conocimiento pero cuando lo que predomina es la propaganda o la manipulación, entonces la sociedad tiende a la involución intelectual o al progreso tóxico. A primeros del siglo XX, Thorstein Veblen fue el primer economista en advertir de los perjuicios sociales del consumismo por estatus incentivado psicológicamente mediante el uso de la publicidad. Según la sabiduría convencional de la economía, todo incentivo publicitario es positivo pues sirve para incrementar la productividad. Sin embargo, como observó Veblen, la economía de la persuasión ayuda a crear una cadena de ciudadanos insatisfechos, razón por la cual las invenciones tecnológicas no aligeran la tarea cotidiana del ser humano.

Uno de los economistas que han ampliado el legado intelectual de Veblen es Fred Hirsch. Sus estudios sobre los negativos efectos de la economía de la persuasión como herramienta de incentivo del consumo posicional son sumamente interesantes. Para Hirsch, la publicidad tiene una participación fundamental en el consumo de sobreprestaciones superfluas y un ejemplo muy evidente son esos coches 4×4 con nombres impactantes de cazadores y aventureros, cuyos potentísimos motores desperdician energía y multiplican la polución ambiental. Pero es curiosamente en el sector educativo donde Hirsh ha observado más problemas de sobreprestaciones superfluas. Como Hirsch explica en “Social Limits to Growth”, el desequilibrio entre empleos disponibles y oferta de trabajo obliga a un incremento conspicuo de los requisitos que las empresas exigen para acceder a los mejores empleos. Como estos requisitos en realidad funcionan como mecanismos de criba de competidores lo que surge es una industria educativa que no siempre viene a ser un servicio necesario sino posicional. Pasa no solo con muchos masters y cursos de posgraduado sino también con la educación primaria o secundaria de altos precios añadidos, razón por la cual los padres se ven abocados a trabajar cada vez más de forma que puedan pagar una vivienda en un buen distrito escolar además de la educación de sus hijos. De esta forma terminan ejerciendo presión sobre sus vecinos que a su vez también necesitan mejorar sus ingresos si es que no quieren ver a sus hijos desplazados de los mejores colegios y en consecuencia de las mejores oportunidades de empleo. Finalmente lo que ocurre es que la gente aspira a inscribir a sus hijos en los centros educativos más caros no tanto porque los profesores o los planes de estudio sean mejores sino porque de otro modo se encontrarían en clara desventaja a la hora de competir en el mercado laboral.

La economía de la persuasión y el consumo conspicuo explican la paradoja del progreso. Es perfectamente posible trabajar no más de cuatro o cinco horas al día y adquirir los bienes y servicios necesarios para vivir en paz y sin agobios pero la sociedad capitalista, a través de la economía de la persuasión, no hace más que generar todo tipo de presiones psicológicas para que la ciudadanía intente subir por la escalera del estatus así como para sufragar los precios abusivos de la educación que todo el mundo desea dar a sus hijos. En definitiva, trabajamos más de la cuenta no solo para engordar las plusvalías del capital sino para incurrir en consumo posicional, ostensible, superfluo o conspicuo, oportunamente manipulado por la industria de la publicidad.

J. K. Galbraith llegó a decir en alguna ocasión que “La teoría de la clase ociosa”, la obra más conocida de T. Veblen, fue su principal inspiración intelectual. Galbraith explicó, a partir de Veblen, que la función de la producción es satisfacer la demanda pero el consumidor no siempre es soberano ni sabe con certeza lo que quiere o necesita. Por eso cuando el libre mercado incurre en grandes gastos publicitarios, la sociedad se aleja del óptimo de producción de equilibrio. En realidad, según afirma Galbraith, la demanda de bienes y servicios tiene un componente psicológico altamente manipulable, por lo cual la economía de la persuasión colabora a crear ciudadanos predispuestos a la sobreproducción de mercancías.

Además de crear necesidades ficticias, la publicidad persigue el lucro individual pero rara vez busca el bienestar general y mucho menos se preocupa por la productividad equilibrada. La economía de la persuasión cuenta sin embargo con el respaldo de la mayoría de los economistas, salvo las excepciones mencionadas, al dar por sentado que a más producción, más prosperidad. Para la ciencia económica, los bienes materiales son siempre escasos pues supuestamente las necesidades humanas son ilimitadas pero la propia existencia de la publicidad como industria de la persuasión demuestra que la economía no puede establecer leyes fiables sobre la demanda.

La economía de la persuasión provoca un problema adicional de distorsión de precios que los economistas nunca reflejan en sus gráficos. En realidad, la demanda depende no solo del nivel adquisitivo del consumidor sino de las expectativas sobre las fluctuaciones futuras del valor de cambio de la mercancía en cuestión así como del precio de otros productos. También depende de una amplia gama de factores psicológicos, y como los deseos, necesidades y decisiones personales de compra son manipulables por la publicidad, lo que ocurre es que la ciencia económica no está en condiciones fiables de trazar la curva efectiva de la demanda de ningún bien o servicio, por lo cual su autoridad para dictar reglas y objetivos sociales debería ser seriamente cuestionada.

Finalmente la publicidad produce otro grave inconveniente y es que la sociedad se vulgariza y se habitúa al estilo de vida impuesto por una industria que implica la prostitución del arte y la política además del despilfarro de un tremendo monto de recursos humanos y económicos. Demasiada energía, dinero y talento se están destinando a una gran maquinaria de persuasión tramposa que nos acaba contaminando a todos pues termina transformando las actividades humanas en cosas que promocionar.

La publicidad prostituye especialmente el negocio del periodismo y por eso a medida que la sociedad se hace más económica cuesta más trabajo discernir en los medios de comunicación dónde empieza la información y dónde termina la publicidad. El problema de fondo es que si en la sociedad comunista la información se convierte en propaganda del Estado, en la sociedad capitalista tiende a convertirse en propaganda de los intereses del capital. Además, la degradación política a la que asistimos en las sociedades capitalistas guarda una estrecha relación con el auge de la economía de la persuasión, tal cual demuestran todos esos políticos que tanto destacan no por sus ideas sino por su imagen y sus discursos. Como explica Dominique Quessada en “La era del siervoseñor”:

La crisis de lo político es consecuencia del triunfo de la publicidad mercantil.

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Plus de trabajo

El sueldo de DiógenesAlexei Stajanov fue un minero soviético que se hizo famoso por ser capaz de extraer diez veces más carbón de lo normal en su época, los años 30 del siglo XX. Tomándolo como ejemplo, Stalin elaboró un plan nacional de crecimiento de la efectividad laboral al tiempo que la prensa y el aparato propagandístico de la Unión Soviética, incluidas las escuelas y universidades, se encargaban de adoctrinar a la gente en las bendiciones del trabajo duro. El comunismo soviético se alejaba así del objetivo teórico de Marx, que imaginó una sociedad comunista en la cual cada ciudadano podría dedicarse a sus actividades lúdicas preferidas sin las presiones capitalistas que esclavizan al obrero. Para Stalin, los ciudadanos soviéticos tenían que ser más trabajadores que los de los países capitalistas con objeto de financiar la expansión militar de la URSS, así que el plus de trabajo no solo es propio del capitalismo sino también de muchas sociedades comunistas. En el capitalismo, el plusvalor que arroja el plustrabajo es apropiado por el empresario; en el comunismo, por el Estado.

El crecimiento chino representa en estos momentos un gravísimo problema para la humanidad y para el medio ambiente. Además de no reconocer los Derechos Humanos básicos de sus ciudadanos, la República Popular China ha puesto en marcha un modelo de producción cuyos beneficios no se destinan a mejorar el bienestar de la sociedad sino a incrementar la cuota de poder del Estado chino en los mercados financieros internacionales. La extracción de plusvalor procedente de la actividad industrial de los trabajadores chinos viene enriqueciendo a las multinacionales y a la cúpula del poder político mientras mantiene en la pobreza a millones de obreros. Al final la economía mundial sufre las consecuencias de un abultado excedente internacional de producción de mercancías que la demanda final no llega a absorber. Además de crear un plus de valor del que apenas se beneficia una minoría privilegiada, el plus de trabajo es una amenaza no solo para el trabajador sino para el medio ambiente así como para el funcionamiento del sistema macroeconómico y el equilibrio geopolítico mundial.

Con las plusvalías de sus trabajadores stajanovistas, el gobierno de la República Popular China viene realizando importantes préstamos a países de Asia, África, o América del Sur. Estos préstamos no son un acto de generosidad ni mucho menos puesto que China percibe intereses usureros y cancela o condona deudas a cambio de obtener concesiones de comercio o explotar los recursos naturales de los países deudores. Ahora China está prestando dinero también a muchos países primermundistas en apuros presupuestarios, lo cual está permitiendo al gigante asiático incrementar su influencia política en todos los rincones del planeta. El historiador británico Harry Kamen publicaba recientemente un par de interesantes y muy recomendables artículos, “El misterio de la pizza china” y “China, el dragón resucitado”, donde advierte del progresivo control al que vamos a estar sometidos los ciudadanos occidentales como los chinos sigan invirtiendo en bonos soberanos al tiempo que saturando los mercados internacionales de mercancías baratas. No es cuestión de creer que deliberadamente los mandatarios chinos se hayan propuesto dominar el mundo pero es evidente que la ausencia de elecciones democráticas, derechos laborales y libertades de reunión y expresión, facilita una dinámica de explotación laboral que se traduce en grandes plusvalías gracias a las cuales el Estado chino incrementa incesantemente su poder político.

El establishment chino se beneficia de la tremenda competitividad de los precios de venta de sus productos, resultado de un yuan permanentemente devaluado, junto a la alta productividad de su tejido industrial, resultado de la eficiencia de una mano de obra pésimamente remunerada. Semejante productividad y competitividad en vez de haber sido firmemente cuestionadas por Occidente han sido a menudo bendecidas y calificadas como el “milagro chino”. El fetichismo de la exportación inclina también a mucha gente a creer que Alemania es un modelo económico de éxito a imitar cuando el aumento de su competitividad y productividad en los últimos años no ha beneficiado tanto a los trabajadores como a los empresarios y banqueros. De hecho el gobierno de Merkel está perdiendo a pasos agigantados el apoyo del pueblo alemán pues los salarios están estancados y la precariedad laboral así como las desigualdades sociales no dejan de crecer. Además, las plusvalías acumuladas por la clase capitalista alemana representan un problema adicional para la Unión Europea pues en vez de repartir las ganancias entre los ciudadanos, que es lo que atendiendo a principios de justicia social tendría que estar haciendo la administración Merkel, los ahorradores germanos acumulan grandes cantidades de euros que prestan a los países deficitarios, lo cual termina repercutiendo de forma negativa en el precio de las deudas públicas de esos países y también en el precio del trabajo en toda la UE. A todo esto, la sabiduría convencional económica va a echarle siempre la culpa de la crisis a la deficiente productividad de los países endeudados cuando el meollo del problema está en las economías que generan grandes superávits.

John Maynard Keynes lo explicó en los años 20: en vez de castigar a los países con déficits comerciales, lo que los organismos internacionales deberían hacer es ocuparse de vigilar y limitar los grandes superávits. Cuando un país está sudesarrollado todo el énfasis político ha de estar puesto al servicio de su crecimiento económico. Pero cuando un país ha alcanzado ciertas cotas de bienestar, es muy evidente que el superávit no equivale siempre a virtud ni el déficit a vicio de la misma forma que el ahorro no siempre equivale a progreso o inversión. Más bien a lo que equivale el ahorro, a partir de cierto punto de desarrollo, es a especulación nociva. Por eso Keynes tenía una teoría sumamente contracultural no solo para su época sino también para la actual: los excedentes de producción tienden, a la larga, al subempleo tanto del capital como del trabajo y en consecuencia no queda otra solución que imponer sanciones al ahorro.

La paradoja del ahorro es la paradoja de los superávits y es a su vez la paradoja del progreso. El capital ahorrado no va a invertirse siempre en economía productiva del mismo modo que el crecimiento económico no siempre va a significar un aumento del bienestar social. Hay que ahorrar para prevenir escaseces futuras y también para invertir y aumentar ganancias pero como explicó Keynes, el ahorro no siempre es bueno. El ahorro es indiscutiblemente bueno si su principal motivación es la precaución, la previsión y el bienestar de la ciudadanía. Pero es indiscutiblemente malo, en cambio, si su motivo es el orgullo, la avaricia o la compra de poder político.

La gran cuestión macroeconómica no es la crisis de productividad o competitividad ni la creación de riqueza sino la apropiación del excedente que arroja el plus de trabajo. Si el plus de trabajo se emplea en inversiones con efectos positivos para la sociedad podemos estimar su aportación a la prosperidad humana pero si se emplea para especular o para comprar favores políticos entonces el plus de trabajo ya no está ni mucho menos al servicio de la gente sino de los intereses de las clases privilegiadas. Obligar a la ciudadanía al plustrabajo tiende a crear márgenes de beneficios abultados que embotellan el sistema además de generar extraordinarias desigualdades y eso explica que la tecnología no pueda liberar a la gente de largas y duras jornadas laborales.

Cuenta una leyenda que un grupo de misioneros se adentró en la Amazonia brasileña y se topó con un grupo de indios que hacían uso de instrumentos primitivos para cortar la leña. Los misioneros les regalaron unos cuchillos de acero inoxidable de fabricación norteamericana y cuando dos años más tarde regresaron, uno de ellos les preguntó: “¿Que tal los cuchillos?”. A lo que respondió uno de los indios: “Muy bien. Cortamos ahora la leña 10 veces más rápido que antes”. El misionero inquirió entonces: “¿Así que producís 10 veces más leña que antes?”. Perplejo, el indio respondió: “No. De eso nada. Lo que hacemos es cortar la misma cantidad de leña que antes, solo que ahora tenemos 10 veces más de tiempo para hacer lo que nos da la gana”.

Otra pequeña historia que viene al caso es la del hombre de negocios norteamericano que llega a un pueblo de la costa de Guanajuato donde se encuentra con un pescador que tiene varios atunes en su barca. “¿Cuánto ha tardado en pescar esos atunes?”, le pregunta. “Muy poco, un ratito”, responde el mexicano. “¿Y cómo no se ha quedado más tiempo pescando?”. “Porque con esto nos llega para toda la familia”. “¿Y qué hace usted entonces el resto del día?”. “Toco la guitarra, duermo la siesta, y disfruto de la familia”. “Pues mire, si dedicara más tiempo a la pesca, tendría excedentes, y esos excedentes los podría vender, y con las ganancias podría comprarse una barca más grande, y con el tiempo podría hacerse con una flota de barcas, y a lo mejor podría ser dueño de una fábrica de conservas”. Entonces el pescador va y le pregunta: “¿Y cuánto tiempo me tomaría eso?”. “Unos 20 años”, le responde el hombre de negocios. “Y luego ¿qué?”. “Cuando llegue el momento puede vender la empresa y ganar millones”. “¿Y entonces qué?“. “Entonces puede retirarse a un pequeño pueblo costero donde tocar la guitarra, disfrutar de la familia y dormir la siesta”.

No digo que la solución a los excesos del industrialismo sea convertirnos al culto anarco-primitivista y vivir con la ociosidad de los indios de la Amazonia o con la flojera de los pescadores de Guanajuato, pero no estaría nada mal imponer sanciones al ahorro en forma de impuestos no solo para redistribuir la riqueza y así aliviar el actual proceso de polarización de rentas sino también para frenar la salvaje carrera por ver quién produce mas barato, ridícula competición que instiga el fetichismo de la exportación y que desgraciadamente degenera en explotación humana, acumulación de capitales especulativos y sobreproducción de mercancías.

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